Comentario por Roberto Rodriguez Tejera durante el programa de TV La Diferencia, en honor a Enrique Ros

Apr 12, 2013

Por: Roberto Rodriguez Tejera

Siempre me pareció que una de las definiciones más atrevidas, ambiciosas y quiméricas de la cubanidad,  fue la enunciada por ex presidente Carlos Prío, cuando dijo que quería ser un presidente cordial. La cordialidad, durante mis años de formación,  tenía toda la connotación de ser una debilidad del carácter de la cual amigos y enemigos, como fue el caso de Prío,  podían aprovecharse.

Ser cubano, para muchos de nosotros, era ser revolucionario como Martí,  valiente como Maceo, antinorteamericano como Guiteras, ladino como Grau, emocional, casi histérico, como Chibás, y para completar esta indigestión patriotera,  había que asumir la visión castrista que era Cuba y no los Estados Unidos la que tenía un destino manifiesto.

La cordialidad, en mis años mozos, no estaba en los presupuestos de la cubanidad tal y como yo la entendía.

De esa equivocación me sacó un cubano en el que la cubanía le desbordaba el corazón:  Enrique Ros. La etimología de cordial  viene del latin cordis, corazón. Cordial es lo que sale del corazón, lo que fortalece el corazón. A Enrique se le desbordaba la cordialidad, se le desbordaba el corazón. Cuando hablaba de Cuba, cuando escribía de nuestra historia, cuando le tocaba hablar de lo cubano y de los cubanos, lo hacía lleno de cordialidad. O sea lleno del amor que sale del corazón.

Si tuvo enemigos yo no me enteré, pues nunca lo oí hablar mal de nadie. Amigos si tuvo, y muchos. Y,  nunca los escogió porque pensaran igual que él , o porque militaran en el mismo partido político que él.

Cuando muchos cubanos en el exilio se dejaron  extorsionar por el odio de algunos que, desde los micrófonos de nuestras emisoras de radio, trataban de imponer su definición de la cubanidad a base de intimidación, chantaje y odio, Enrique, sin claudicar en sus principios, ni se dejó intimidar, ni se dejó chantajear, ni dejó de ser cordial con amigos y enemigos, con aliados y adversarios. Nunca nadie, por mucho poder que tuviera,  le escogió los amigos a Enrique.

Esa muestra de valor callado, esas convicciones tan claras y definidas, ese no dejarse imponer criterios ni aceptar etiquetas, ese deseo de pensar por él mismo , lo caracterizó toda su vida y lo llevó a rechazar el castrismo y los excesos del anticastrismo desde los primeros momentos.

Enrique era uno de los pocos seres que yo he conocido, que no tenía que luchar, como decía Ariza, contra el pequeño Fidel que todos los cubanos llevamos dentro. Enrique era anticastrista por convicción, no por vocación.

De la huella de Enrique en esta vida se puede hablar mucho. Desde sus influencias en el poder político de los cubanos en Miami, hasta su manera de calificar metas, estrategias y hasta derroteros para innumerables políticos. Sin embargo, hoy que nos toca despedir al amigo, al político, al padre, al abuelo, al cubano, al patriota, al historiador, yo, humildemente, quiero recordar a Enrique solamente como el amigo cordial. El que me enseñó que la patriotería es el peor de los males que aquejan a la cubanidad y que para amar a Cuba  y servirla, solamente hace falta abrir nuestro corazón a ella.

Eso fue lo que hizo  Enrique Ros: abrir su corazón a Cuba, a los cubanos, al mundo. Descansa en paz amigo. Un hombre cordial está hoy a la diestra del Señor. Que nos sirva de ejemplo su vida. Con el corazón es suficiente.